Cristóbal en los Andes
Por Percy Jiménez
Entre 1992 y 1997, -daba mis primeros pasos en el teatro, mientras estudiaba economía- tuve una serie de encuentros con el Teatro de Los Andes. Estos encuentros, marcaron mis primeros acercamientos al teatro, influyendo no sólo en lo formal, sino también, y más duraderamente, en lo ético. Para mi fue, como antiguamente habrá sido, asistir de aprendiz al taller del Maestro – en este caso varios maestros-, donde aprender significaba directamente intentar hacer, es decir, en la pedagogía de la prueba y el error. A lo largo de esos cinco años, han habido una multiplicidad de momentos que podrían servir para retratar lo que son para mi, sin embargo me remito a uno en especial, con el peligro de quedar enfangado en lo anecdótico, pero que viene insistentemente a mi memoria.
Esta historia comienza a finales del siglo XV, junto a Cristóbal Colón y el descubrimiento de América. O más bien, con una obra que el grupo estrenó en 1992, inspirada en el Comic “Colón” de Francesco Altan. En ella, la reina Isabel es ninfómana y Cristóbal Colón, torpe, tosco e impotente. La empresa misma una locura, que parece concretarse por que no hay nada mejor que hacer, o más bien, como dice la Reina a Colón, después de su retorno de las Indias: “Te aplaudiría si no tuviera las manos ocupadas”, mientras está masturbando algún miembro viril. Ahora, Colón y sus compinches han viajado mucho tiempo y ya las esperanzas de encontrar tierra están languideciendo, la imagen, está construida con cosas muy simples, cajas, palos, telas, cantan una canción nostálgica. Ellos representan la violencia, la codicia, el malestar -en el sentido más amplio de la palabra- de una sociedad que, como única alternativa para escapar a su decadencia, debe destruir todo lo que está a su alrededor. Son los malos, si, pero la cercanía de la muerte los eleva. Ese es el momento culmine, de allí, divisar tierra, pisarla, o más bien pisotearla, en fin, la historia que ya conocemos. ¿Por qué ha quedado grabada esa imagen en mi memoria? – me pregunto ahora-, yo aborrecía a esos personajes, y como decía más arriba, para mi eran la representación de lo peor de lo humano, y sin embargo, en ese momento, mientras cantan y se balancean en espera de una muerte por sed y hambre, paradójicamente, surge ante mi lo mejor de lo humano, aquello que rompe nuestras ataduras y nos eleva por encima de las leyes físicas. Ese es el teatro del Teatro de los Andes, las imágenes poderosas, siempre con una carga emocional contundente; el texto, funcional, pero a la vez potentemente poético; las actuaciones, a pesar de la distancia en el tiempo, siguen provocándome ese impacto físico que producen los grandes: Pinzón diciendo como muletilla -Puta Mierda- y Pizarro, tirándose pedos. Escenas tejidas en ese contrapunto, tan característico de ellos, entre la tragedia y la comedia.
Para mi, la obra fue todo eso y más, y tal vez, lo más importante se encuentra ahí, en aquello que es imposible nombrar, poner en palabras. Benjamin utiliza el concepto de “aura” y creo que bien podría servir para esto que describo: “Un bola de fuego que, por unos instantes, ilumina el horizonte de otro tiempo”, como la aparición de un espectro. Esa noche, me había encontrado con un espectro, el del teatro. Por primera vez experimentaba aquello que Craig concebía como el Espectáculo Total – eso lo supe más tarde, obvio-, es decir toda esa gran maquinaria “teatral” (es difícil utilizar la palabra, esta demasiado bastardeada, pero alude a todo lo plástico, lo sonoro, lo textual y lo físico que construye la escena), puesta a funcionar en todas sus posibilidades.
Terminada la función no quería irme sin saludarlos, tenía que conocerlos. Animado porque éramos varios con las mismas intenciones, nos aventuramos hacia atrás del escenario. Cuando entramos, irrumpiendo en la escena, de manera natural, como si nos estuvieran esperando, algunos de ellos se reúnen con nosotros: Hablamos, los felicitamos. Entre ellos, busco un actor en especial, aquel que había interpretado a Pinzón, me había impresionado y quería decírselo. No recuerdo cómo, creo que alguien simplemente me lo señaló, pero al girar y por primera vez mirarlo “al natural”, me di cuenta que no era un actor, sino una actriz, y además, una mucho más pequeña de lo que la había percibido sobre escena. ¿Qué había pasado? Era la magia del teatro. Al salir a la calle, esa noche, me dije a mi mismo, que aquello era lo que yo quería hacer el resto de mi vida.